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Mi primer carnaval

De iniciar asombrado a terminar en la cárcel

  
También en Opinión/Colaboradores
Nota publicada el 8 de febrero de 2018
por Rafael González Bartrina

En mi memoria quedó plasmado el carnaval de Ensenada, Baja California de principios del mes de febrero de 1952 por varias razones. Siendo aún un niño de escasos 8 años pasados, y viviendo bajo un estricto régimen familiar, mis andares por la ciudad eran todo el tiempo a la mano de mi madre, quien cariñosa y preocupada por mi seguridad no me descuidaba un momento sin su atenta y protectora presencia. Don Vicente, mi padre adoptivo, en esos días se encontraba estableciendo una planta fabricante de aceite de oliva en el rancho Matanuco cerca de la ciudad de Tijuana.

Al aproximarse las fiestas carnestolendas escuchaba ya en el radio, ya en la escuela, ya en la tienda, por doquiera, el entusiasmo de chicos y grandes que, con anticipación, ya hablaban del regocijo y la diversión que les esperaba. Yo no sabía en realidad que era el carnaval. Sin embargo me sentí contagiado por la efervescencia rampante.

Supe de la quema del mal humor el sábado por la noche. Al aprender de dicho evento, imagine aquella fiesta de juegos pirotécnicos y luces de esplendorosos multicolores. También me enteré de que el día domingo habría varios festejos, entre ellos un desfile de carros alegóricos. Mi imaginación febril me incitaba a querer ser testigo de tal evento.

Debe de haber sido intervención divina, al menos así lo creía, que al pedir permiso a mi madre para ir a ver las fiestas y el desfile, se me otorgo. Después siguió una larga serie de recomendaciones, condiciones y restricciones. Siendo la más repetida de las instrucciones que debería de estar a más tardar a las 9 de la noche. De no cumplir con esa condición, habría un castigo verbal, corporal, e inolvidable.

Salí a la media tarde. Tomando el autobús urbano que me dejó en el centro donde con sorpresa y admiración veía la algarabía que por doquier predominaba. Gente grande, mujeres y hombres por igual; menores, niños y niñas, con máscaras o con disfraces, arrojaban confeti y serpentinas a quienes pasaban a su lado. De repente sentí un pequeño golpe en mi cabeza y con felicidad descubrí lo que fue un “cascaronzazo” Un cascaron de huevo rellenado con confeti y pintado de acuarela de multicolores. Había silbatos y pitidos de todos tonos y risas, muchas risas por todos lados.

Ocasionalmente se escuchaba el estallido de cohetes, que hábilmente manipulados, eran lanzados al piso, donde estallaban sin lastimar a nadie, solamente llenando el ambiente con su sonora explosión. Dejando a uno con oídos llenos de silencio y zumbido.

A la hora programada para la realización del desfile de carros alegóricos, ya al caer la tarde busqué un sitio a la vera de la banqueta en primera fila. Era un río de alegría con torrentes de caras felices y demostraciones festivas. Ya se oía el venir del desfile, sirenas que en otras veces significaban peligro en ese momento anunciaban el tan esperado evento.

Mi lugar escogido fue exactamente al cruzar la calle frente al Hotel Comercial. Junto a mí, cientos de espectadores. La tarde-noche refrescaba y afortunadamente, por condición específica de mi madre, contaba con una chamarra que me mantenía resguardado de esas tardes casi primaverales ensenadenses cargadas de brisa húmeda y fría.

Al final del desfile la gente se arremolinaba en plena calle, unos bailaban al compás de variados grupos musicales que se encontraba en pre-ambulación por toda la avenida Ruiz. Era la celebración que yo había imaginado y que simplemente me tenía absorto y contagiado.

En eso, a escasos metros de la entrada principal del Hotel Comercial noté a un chico más o menos de mi edad, que sigilosamente hacia algo detrás de un hombre grande y obeso. Me llamó la atención y me acerqué. Con asombro noté que este chico ponía uno de esos cuetes en la bolsa posterior del pantalón. Me di cuenta por su vaivén, que el señor se encontraba ya pasado de copas. Por unos segundos permanecí estático. Siendo testigo mudo, fascinado por la audacia y asombrado de la temeridad del chico. Vi como encendió un cerillo y como enseguida, aplicaba la llama a la mecha del cohete que asomaba por la bolsa del pantalón.

Acto seguido vi con repentina realidad como este chico daba media vuelta y se disponía a emprender una precautoria huida antes de la culminación de su travesura. Realizando enseguida que yo sería quien cargara con la culpa, también di media vuelta para poner distancia.

Para mi sorpresa sentí una fuerza repentina que me jalaba del cuello de mi chamarra, casi suspendido en el aire me di cuenta de que un policía, gigante a mi percepción, tenía en la otra mano al temerario chico travieso. El policía que tiempo después conocí por nombre y lleve cordial amistad se apellidaba Santacruz. Noté que con cierto abandono y con casualidad se mantuvo atento del generoso trasero del hombre, como para atestiguar el final esperado. No hubo tal. La bolsa del pantalón apago la mecha y el cohete se “cebó”. Aun así, y asidos por el cuello, se encamino con sus presas y rumbo al Sur por la avenida Juárez. Llegando a la calle primera y luego a la Gastelum y por fin a donde se encontraba el edificio de la cárcel y que tenía en la parte del frente una barandilla de policía. Con voz grave nuestro policía nos indicó que nos sentáramos en una larga banca colocada a lo largo de la pared lateral del recinto, donde había otras personas sentadas.

Estaba yo envuelto en un sudor nervioso, mi cuerpo temblaba de incertidumbre, el bullicio de la calle se transformó en una diferente cascada de sonidos. Las voces de alegría y de bullicio se convirtieron de un instante al siguiente en ruidos. Los uniformes de los policías trajeron de repente un sentido de realidad y mi pasmada imaginación cobro nuevas proporciones. La otra realidad manifiesta era la de las manecillas del reloj de pared, inexorablemente avanzaban con paso seguro. No sabría recordar la hora exacta. El tiempo no me importaba. Era el límite de mi permiso el que angustiaba mi pensamiento. El sudor de mi cuerpo era frio. Sentados en esa banca lado a lado mi desconocido compinche y yo. Solos en medio de ese mar de gente, de gritos, de reclamos. Cada una de las personas con un problema o varios.

Sentí la oscuridad de la noche y la angustia de no saber qué hacer. Mi cuerpo me reclamaba con hambre, con sed, con necesidades fisiológicas. Mi mente me torturaba sin cesar. Continuaba sudando en frio y temblando a cada respirar.

Los minutos pasaron más de una hora.

Llegó un momento en el que el furor del recinto había amainado un tanto. Fu entonces que un afable policía al otro lado de la barandilla dirigió su mirada hacia nosotros, hizo una seña para que nos acercáramos, preguntándonos al mismo tiempo que era lo que hacíamos ahí. Empecé a balbucear y a tratar de hilar, en mi mente, una explicación de mi accidental aventura. Mis palabras no tomaron forma. La mirada paternal del policía no fue suficiente para tranquilizarme. En ese momento, mi compañero hablo con voz clara y segura. Explicó que estábamos ahí buscando a “Juan Pérez” o algún otro nombre que no recuerdo. Dijo que nuestra tía nos había enviado a buscarlo ahí.

El policía hojeo unos papeles que estaban sobre el escritorio. Después de unos momentos, sacudiendo negativamente su cabeza, nos indicó que la persona que “buscábamos” no se encontraba ahí. Mi cómplice en crimen dio las gracias y dándome un leve codazo me dijo, “vámonos, ándale”….

Los cuantos pasos que nos separaban de la calle se me figuraron todo un peregrinaje con dialogo con Dios de que me permitirá alcanzar la tan ansiada libertad.

El fresco de la noche llenó mis pulmones, el acelerado ritmo de mis latidos hacían sentir que mi cuerpo explotaría en cualquier momento. Un paso, ya afuera, hacia la derecha, con dirección a la calle Primera, caminamos con pasos firmes y sin atrevernos a mirar hacia atrás. Al llegar al final de la cuadra y doblar la esquina, sin decir una sola palabra corrí, no era una huida, era un escape de una pesadilla.

La quince y media cuadras que me separaban de mi casa las corrí y como nunca antes, siquiera hubiera pensado que podría mantener ese paso desesperado. Volví mi cabeza, por última vez para cerciorarme que no era perseguido por la policía.

Rafael González Bartrina. Rafael González y Bartrina. Miembro del Seminario de Historia de Baja California y del Consejo de Administración del Museo de Historia de Ensenada A. C. [email protected]
 
 

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