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25/04/2017
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Economía en oro y plata

En la Ensenada de mitad del siglo XX

  
También en Opinión/Colaboradores
Nota publicada el 16 de marzo de 2017
por Rafael González Bartrina

Para los que tuvimos la oportunidad de vivir y crecer en la Ensenada de la post segunda guerra mundial, digamos a partir de los finales de los cuarentas recordamos como era la economía “chiquita”, la economía doméstica... la de la compra y venta de los insumos diarios y básicos.

Cuando jóvenes, algunos afortunados, recibíamos el “domingo” algunas monedas de oro o plata. Algunas veces era la gratitud o pago de algún favor hecho. Quizás las ganancias de la venta de algún juguete.

En el verano, de “vacaciones largas” se podía “trabajar” a medias o de plano en serio. Había que hacer lo que se podía y más, lo que se debía.

Desde chicos tuvimos una enseñanza en economía doméstica. Aprendimos a merecer lo que recibíamos y así mismo a valorar lo que adquiríamos. La indiscutible ventaja de vivir casi en la frontera y tener una interacción directa con nuestros visitantes, principalmente extranjeros nos permitió crecer “chiqueados” a diferencia de la gran mayoría de nuestra nación, al tener a nuestro alrededor absolutamente los productos básicos provenientes de Estados Unidos.

A diferencia de todas las ciudades fronterizas en Ensenada no perdimos la identidad de nuestra moneda. En las “tiendas de la esquina” o con “los chinos” las personas compraban los artículos de uso diario indistintamente en pesos o en dólares, “en ORO o PLATA” si el producto que adquiríamos era “del interior” su precio era en plata, o pesos. Quienes habíamos tenido la oportunidad de visitar o vivir en el centro de la república, sabíamos del costo de fletes y distancias. Si lo que se adquiría era de origen americano o “japonés” su precio, muy posiblemente, era en dólares. No era ser malinchistas, era simple y sencillamente economía sana y razonable. Lo que se compraba era lo que se necesitaba y si se podía se compraba de lo mejorcito.

Para darnos una idea de la economía mixta de la que hablo. La boleada de zapatos con El Pinocho, costaba un “daime”, un diecito oro. Una soda un peso. La burra, cincuenta centavos, pocos decía que era un tostón.

Cuando en los años 50 y 60 se innovo el sistema de transporte surgieron los primeros “peseros”, taxis de ruta fija y de pasaje colectivo.

La entrada al cine era de $5.50 los adultos y $2.75 los menores, (martes y jueves era de $4.40 y $2.20 respectivamente). Un papalote costaba, también, un 10 oro, en El Crecito de Ayub o en la Ramírez con el Chato. Un coctel de almeja (con dos almejas pismo) costaba una “cora” (una moneda de 25 centavos de dólar, nombrada así por ser un cuarto de dólar, quarter, en inglés). Había chicle bomba de a peni (un centavo de dólar llamado penny en inglés). Los chicles Yucatán llegaron costando un centavo mexicano, aunque no circulaba esa moneda, eran 5 por un quinto. No conocíamos el peso como “pachuco”, aunque si al dólar como “baro”, la moneda mexicana más popular era la de veinte centavos, las pesetitas de la balanza eran para guardarse. En papel moneda había de 1, 5 y 10 pesos en su mayoría, los de a 20, 50 y 100 eran palabras mayores.

En Ensenada seguimos teniendo una identidad dual en cuanto a la economía y al comercio. Es parte de nuestra idiosincrasia y no necesariamente refleja nuestra dependencia o preferencia política. Lo que sí, hoy en día los precios están como si en realidad fueran de oro y plata.

Rafael González Bartrina. Miembro del Seminario de Historia de Baja California.
 
 

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