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Sol Invictus

Navidad y paganismo

  
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Moneda del Imperio Romano

Nota publicada el 31 de diciembre de 2016
por Manuel Sánchez

Existen cuatro momentos en el año importantes para marcar el inicio de las distintas estaciones. Los equinoccios de primavera y otoño, y los solsticios de verano e invierno. La diferencia entre ambos grupos está en que, en los equinoccios, el día y la noche duran la misma cantidad de tiempo (de ahí la raíz equi- del latín aequus que significa ‘igual’ de donde provienen palabras como ‘equitativo’ o en inglés ‘equal’). Por otro lado, en el solsticio hay un desequilibrio: en el de verano, tenemos el día más largo del año mientras que en el de invierno tenemos la noche más larga del año.

Las distintas duraciones de los días, y sus casos extremos, eran distinguidas por antiguas culturas que marcaban el año nuevo en alguno de esos puntos –y no en nuestro tradicional 31 de diciembre.

El 22 de diciembre 2015 sucedió el solsticio de invierno. A partir de esa fecha, el sol empezó a ganar terreno después de una agotadora batalla contra la noche. Y es que desde el 23 de septiembre, en donde se encontraban en iguales condiciones la noche y el día, el sol fue perdiendo la batalla hasta llegar hasta esa noche, el momento más oscuro del año, el momento más débil del sol.

Pero no todo está perdido, porque se dice que el sol morirá y resurgirá nuevamente, con reganadas energías para vencer la noche y llegar a un clímax de equilibrio, el 21 de marzo (equinoccio de primavera) y finalmente, será nombrado el gran vencedor el 20 de Junio. Pelea cíclica y eterna. Al tener al alcance fenómenos evidentes y globales, como el día y la noche, no es sorprendente pensar en nuestra disposición por pensar en la realidad como dualidades y opuestos. Pero, la dualidad no es estática, no sólo hay una división: hay un conflicto y un flujo. Hay una danza. Nada místico, nada religioso: bastante real para todos, como la marea. Pero no por ello menos bello, o menos inspirador como para crear mitos, legendas o religiones alrededor de esa eterna batalla; y eterna victoria.

Tal vez la diferencia es que ahora parecemos más seguros de que el sol siempre ganará. De que, tendremos un año como el anterior. Nuestra generación le importa poco si el sol no vuelve a salir… lo sabemos, saldrá: no hay duda, no hay miedo. Eso se lo dejamos a los astrónomos o a los físicos.

Pero claro, no siempre fue así. Las fiestas con motivo de la muerte y resurrección del Sol estaban impregnadas de un profundo respeto a la naturaleza: a quién más dedicarle una fiesta sino es que al benefactor del próximo año, al único y poderoso Astro Rey. Al que siempre vemos arrodillado, pero no vencido. Nunca vencido. Que inspiración debió de haber sido eso para esas generaciones.

Ahora tenemos otros mitos, otros relatos superpuestos. Todos ellos hablan casi de la misma idea, diluida por nuestra época desencantada y saturada. El mito constante es el de aquel quien, a merced de la muerte y en la hora más oscura, sigue de pie, se levanta sin miedo. No es vencido.

No por nada los Romanos buscaban ser asociados con el Sol. Un detalle de esto lo encontramos en las monedas del Imperio Romano en tiempos del emperador Constantino, durante los años de 306 y 337 DE. En estas monedas de bronce, plata y oro, se hallaba escrito, “SOLI INVICTO”. La -i al final de la palabra “Sol” es para marcar caso dativo en latín, es decir, la traducción es “Al Sol Invicto” o “Para el Sol Invicto”. En otras inscripciones aparece “SOLI INVICTO COMITI” que significa “Para el Sol Invicto (que es) Compañero”. En una de las monedas se puede ver a un ser antropomorfo con una corona puntiaguda, imitando los rayos del sol, colocando un aro de guirnaldas sobre el emperador.

Las fiestas para venerar a este Dios Sol eran precisamente en su momento de renacimiento. No en su momento más brillante y fuerte, sino en el momento en donde, contrario a todo, se reivindicaba su fuerza. El renacimiento del Sol Invictus sucedía en el solsticio de invierno.

La palabra solsticio viene del latín sol-sitium que literalmente significa “el sol detenido”. A través de todo el año, se puede ver cómo el sol se mueve de un extremo a otro (véase la imagen al pie de esta columna) y que al alcanzar un punto extremo, ya no se puede mover más. Justo ahí, regresa al otro extremo, como un péndulo. Esto da la sensación de que el sol ha detenido su movimiento, y lo hace durante aproximadamente tres días.

Aunque se fecha que sólo hay una noche larga durante el año, bien puede sentirse que las noches del 21 al 25 de diciembre son las más largas. Aunque el solsticio de verano tiene estas mismas características pero de manera inversa (ya que el día dura más), ha resultado mucho más simbólico para la cultura occidental marcar el solsticio de invierno. En estas fechas, los dos nombres se mezclan: el sol se ha detenido, pero no es derrotado, sólo espera con paciencia el momento de su invicto renacimiento.

*Referencias:

->Diccionario de Monedas Romanas (imagen superior).

-> Analemma(imagen inferior).

Manuel Sánchez. Licenciado en Sociología y Ciencias de la Comunicación UABC. Aspirante al grado de Maestro en Lingüística por la UNISON. Miembro de la Asociación Mexicana de Lingüística Aplicada. manuel.wortens@gmail.com.
Analemma. CC BY-SA 2.0 Modalanalytiker


 
 

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