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Cristianismo, amor y amistad

La construcción del significado

  
También en Opinión/Colaboradores
Nota publicada el 10 de febrero de 2017
por Manuel Sánchez

Parece ridículo hablar sobre el amor si no nos encontramos en un contexto adecuado. Si no se acerca el 14 de febrero o navidad o algún evento relacionado, hablar públicamente sobre la amistad, la fe en los otros y el perdón parece impertinente. Esto se debe a que esos temas se encuentran, por lo general, reservados a lo privado, contra otros temas que se consideran de carácter público. Nuestra vida psico-social transcurre entre una y otra esfera. Muchos rituales se instalan en lo público y después se canalizan a nuestra esfera privada. Muchas de nuestras acciones son dirigidas de esa manera: vemos, allá afuera, cómo se hace algo y luego lo incorporamos a nuestras actividades diarias. Nos apropiamos tanto y tan bien de aquellos patrones de comportamiento, que a veces ni distinguimos que han sido adoptados de las costumbres.

Los eventos, como el próximo “día del amor y de la amistad”, aparte de ser toda una estrategia que moviliza un cierto tipo de mercancía, encajan sin problema en nuestra cotidianidad precisamente porque buscamos la actualización de conceptos. Los rituales, los días sagrados y festivos son el momento en donde se rompen las barreras de las dos esferas. Estos días han sido necesarios desde que la humanidad tiene memoria para aprender cómo deben ser las cosas, para comparar y transformar conceptos.

Que este ritual suceda de esta u otra manera no presupone su validez o invalidez. Pero recordar que lo que sabemos sobre el amor y la amistad es construido y socialmente actualizado nos ayuda a crear criterio. Hay personas que no necesitan de un día especial para reconstruir conceptos; hay otras personas que sí. Eso es irrelevante. Lo que me parece importante de toda la fiesta es comprender de dónde viene, cómo llegamos a interpretarla de esta manera y, no olvidar, que el significado se construye, muta y se adapta. Tampoco habría que olvidar nuestra persistente necesidad de reificar conceptos: esto significa darles identidad, de volverlos seres humanos, de darles nombre, de creerlos eternos.

Por ejemplo: creer que el amor, como lo conocemos, siempre ha existido. Esto es falso. Cada mito que nuestra sociedad ha creado, justifica una forma de convivencia. Particularmente, nuestra idea sobre el amor se remonta a lo que ciertos líderes intelectuales decían –que a su vez era una justificación elocuente de porqué un mito decía lo que decía. El que empezó este “desastre amoroso” fue Platón con su idea de que tenemos una alma gemela, una “media naranja” en algún lugar del planeta. Hermosa idea la cual, en algunos casos, es abrazada tan fuertemente que hay personas que atan su felicidad a esa creencia.

El segundo gran mito se instala con el cristianismo, especialmente con San Agustín a la cabeza, aunque ya venía forjándose desde los tiempos de Platón. El mito sostiene la idea de que la pareja heterosexual y monogámica es la única, verdadera y de carácter universal. Esto fortalece un tipo de estrategia política: herencia al primogénito, control de líneas familiares, tierras, reinos, etcétera

Con el mito anterior se refuerza otro. Si necesito que exista monogamia, aquellas actitudes y valores que aseguren la persistencia de esta práctica se resignificaran como “buenas” o “deseables”: por ejemplo, los celos. Por lo tanto, se cree que una persona deberá satisfacer todas las necesidades: emocionales, sexuales, íntimas, etc.

Este segundo mito, con sus dos satélites, establecen un nuevo modelo de cómo deben ser las relaciones. El cristianismo, siguiendo la línea anterior, sostiene que el amor y la pasión son idénticos, lo que significa que, si se dejó de sentir pasión, entonces también se dejó de sentir amor y por lo tanto lo que sentías no era realmente amor. Eso que sentías era una emoción superflua ya que –segunda sentencia del nuevo modelo cristiano– []bel amor es omnipotente, todo lo puede.

Claro, hablamos del amor genuino, el tipo de amor que tú no puedes definir pero que alguien más vendrá a hacerlo por ti. Finalmente, la tercera sentencia, y con esto quedará implícitamente instalada la definición de amor que necesitaba el cristianismo para justificar sus acciones, es que el amor es trascendental, separado de aspectos sociales, biológicos y culturales.

Y de ahí el horrible atropello a cualquiera que pretenda definir el amor en sus propios términos: se le dirá que no sabe de qué habla, que la forma de amar ya está establecida en algún lugar, en algún papiro. La forma correcta de amar será dictada por quien tiene acceso a lo trascendental, por personas que, irónicamente, no se les tiene permitido tener una pareja o casarse.

Lo que instala la cuarta sentencia: el matrimonio es la evidencia del carácter eterno de la relación de pareja, del verdadero amor. Si el amor es apasionado, alejado de motivaciones biológicas o sociales, y por lo tanto verdadero y omnipotente, entonces una relación eterna es posible.

Una quinta sentencia puede ser extraída de esta forma de significar el amor: lo que se siente los primeros meses de relación, esa pasión por la otra persona, se deberá sentir por siempre. Si se apaga, como se mencionó antes, entonces no era amor verdadero. Para sumar a esto, el matrimonio se entenderá como la única posibilidad en que un ser humano pueda ser plenamente feliz.

No descubro el hilo negro al decir que nuestra sociedad es principalmente católica/cristiana. Tampoco es novedad decir que, incluso para los que se digan ateos, estas ideas sobre el amor están arraigadas.

Esta idea de amor incondicional y verdadero defendida por el cristianismo no es la única pero si la socialmente aceptada. Y por ello me refiero a contraponer esa definición con la que sea que sostengan las parejas homosexuales, las parejas heterosexuales que tienen relaciones sexuales fuera del matrimonio o las pareja no-monogámicas.

Reflexionar sobre nuestros principios morales requiere un gran esfuerzo y una honesta entrega a admitir que el sentido común no es perpetuo. Somos de una manera que nos permite movernos en esta sociedad; preferimos la disolvencia del criterio individual a ir en contra de la corriente. Ir contra la sociedad es un viacrucis que muchas veces termina en tragedia. Por ello, encontrar espacios para actualizar la información, para sentir que somos parte de un grupo con los mismos valores, es una de las mejores sensaciones pero tiene sus riesgos.

Vaya, que somos animales sociales, profundamente simbólicos. El problema no es elegir una definición de amor y amistad, el problema es no saber que se puede elegir y que tienes el derecho a hacerlo. Conlleva riesgos sociales pero parte de los retos de esta generación, y de las que vienen, es garantizar un mínimo de reglas para una convivencia igualitaria, sin forzar a nadie a pensar y hablar de la manera en que otro quiera. Forjar criterio propio siempre es difícil, implica ampliar nuestro inventario de conceptos para tener opciones de cuál elegir.

Cuidado: no sostengo en ninguna parte que el cristianismo/catolicismo sea erróneo. Algunos principios morales de estas corrientes permiten cierto grado de convivencia. Pero suponer que sus ideas, y las de cualquier corriente de pensamiento, están desatadas de contextos sociales, políticos, culturales y biológicos, es, para nuestra época, pecar de ingenuos.

En medio de estas fiestas, convenientemente llega el Papa. El gobierno federal ha gastado millones en el recibimiento de este líder de Estado. Estoy en contra del despilfarro y el caos vial que se aproxima a consecuencia de un representante de Estado que debería ser tratado como cualquier otro. Pero lo que temo más y en lo que siempre estaré en contra es que se siga invitando a la reacción antes que a la reflexión. Los eventos alrededor de Jorge Mario Bergoglio vienen actualizar una forma de hacer sociedad, de pensar el amor y la amistad y la manera en que debemos comportarnos ante el violento y el abusivo, ante el corrupto y el despilfarrador. Este señor tiene influencia de cómo pueden ser resignificados estos conceptos en un grupo de nuestra sociedad, profundamente herida, desconfiada del otro y de las instituciones que se supone hacen justicia. Habrá que estar atentos.

*Para mayor información sobre la reflexión pareja-sociedad puede revisar el texto Ingeniería en Comunicación Social y familia no.79.

**Video tomado de Mala Turbina: su expectativa para este 14 de febrero

Manuel Sánchez. Licenciado en Sociología y Ciencias de la Comunicación UABC. Maestro en Lingüística por la UNISON. [email protected]
 
 

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