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De bracero a brasero… o casi

Recuerdo de aventura, parte 6

Nota publicada el 15 de julio de 2021
por Rafael González Bartrina

Ya habían pasado algunos días de mi aventura y esa noche me encontraba en un refugio para braceros, era un almacén con fuerte olor a semillas ubicado en Navojoa, Sonora. Había hecho amistad con un hombre que, al igual que todos los demás, era participe del programa de braceros.

Según entendí después, dicho programa se había iniciado en tiempos de la segunda guerra mundial, por causa de la gran cantidad de hombres y mujeres que se enlistaron en las diversas ramas del ejército y aviación de los Estados Unidos. Los productores de hortalizas, vegetales, frutos y demás, se impactaron por la falta de mano de obra para atender los menesteres de agricultura, principalmente la cosecha, por esa causa el gobierno de los Estados Unidos aprobó un programa de inmigración temporal para hombres mayores de 18 años, quienes tenían que registrarse y reportarse en el centro de contratación que estaba en Empalme, Sonora. Me imagino que en algunos otros sitios había refugios para asistir a estos trabajadores.

Fue este compañero de viaje quien me ofreció que yo pasara la noche en el refugio y según me decía, llegaríamos después a Empalme. Aunque yo era menor de edad, siempre habría alguna oportunidad para que yo pudiera hacer algún trabajo y quizás hasta lograr registro. Así que yo todo animado, descansaba a ratos esa noche y me atraía la idea de poder llegar a desarrollarme en ese plan.

Llego la luz del día, empezaron a despertar los demás refugiados y la plática se elevó de volumen. El café (de mis primeras experiencias tomando café) era fuerte en olor y sabor amargo para mi gusto. Afortunadamente me di cuenta que algunos de mis compañeros usaban azúcar para endulzarlo, no puedo describir la experiencia, pero lo tomaba porque todos ellos lo hacían y así yo creía que tenía una pertenencia… me sentía uno de ellos.

Pronto comenzó el éxodo de los que ahí estabamos y sin hacer grupos, ni filas, ni nada se encaminaban hacia la salida de la ciudad, al norte, para tomar la carretera o el ferrocarril, de hecho algunos de ellos optaban por acudir a la terminal de camiones y viajar cómodamente. La luz del día, el hambre, la falta de reposo, el sueño, en fin, las cosas de la realidad me empezaron a impactar… me di cuenta de que en verdad esa aventura de ser bracero no era tan gloriosa como yo la había imaginado, así que de repente me escabullí y emprendí un camino distinto, para mi destino y para mi.

Llegue por mi cuenta a Ciudad Obregón y luego a un pequeño poblado llamado Esperanza, Sonora, para luego llegar a Guaymas.

Fue en Guaymas, que al conseguir ayuda de transporte, me encontré en medio de una experiencia que cambio totalmente el propósito y la continuidad de mi aventura.

Un par de hombres que viajaban en un pick-up, con redilas o estacas, cargado hasta arriba con costales que contenían piedras chicas, menores que el puño de la mano, según me dijeron, se trataba de “ore” como llamaban al mineral que contiene plata. Unas piedras de dolor pardusco oscuro y que las llevaba uno de ellos, el otro hombre era el dueño del camioncito. Seguimos viajando para el norte con destino a Hermosillo, Sonora, donde se entregaría el mineral para ensayo y posteriormente venta.

La plática, como siempre, fue a base de preguntas: ¿Quién era? ¿A dónde iba? ¿De dónde era? en fin… El dueño de la carga era un hombre de mediana edad y educado; el chofer era un fumador constante que encendía el cigarrillo con la colilla del que estaba fumando, tirando la colilla por la ventana. El clima era cálido y viajábamos con las ventanillas abajo respirando el aire caliente.

Al cabo de algún rato, el chofer noto que uno y otro de los vehículos que encontrábamos le hacían señas con luces y con los brazos. No entendí lo que pasaba. El chofer, al seguir por el espejo de la puerta a los que habían pasado haciendo señales, freno repentinamente y grito ¡nos estamos quemando!

Detuvo la marcha en el mismo carril donde transitábamos, no había lugar para hacerse a un lado. Al instante ambos hombres abrieron sus respectivas puertas y salieron de un brinco, yo no sabia que pasaba, ni me quede a averiguarlo: salí y segui a uno de ellos y al voltear a ver la camioneta entre el susto y el miedo vi como salían humo negro y llamas de los costales.

El chofer le gritó a su compañero ¡la gasolina!, refiriéndose a dos botes de 200 litros que estaban en la misma parte donde se quemaba la carga.

El tráfico de ambos lados de la angosta carretera se detuvo… y yo, en este momento, también detengo mi narración. Ya en la próxima entrega referiré las consecuencias finales de este evento con humo, llamas, llanto y terror.

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