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Encontrado en las minas

Recuerdo de aventura, parte final

  
También en Opinión/Colaboradores
Nota publicada el 29 de julio de 2021
por Rafael González Bartrina

Sierra Madre Occidental. Sonora – Chihuahua. Después de haber viajado por horas encaramado arriba de un camión con carga, llegamos ya de madrugada a un campo minero. No recuerdo el nombre, lo que si recuerdo era el frio, de esos que calan hasta los huesos. Adolorido por los brincos del camino, hambriento a pesar de haber comido un par de galletas de animalitos de una caja mal cerrada que estaba a mero arriba de la carga. El sueño se aunaba a mis predicamentos.

En la mañana salí a recorrer y familiarizarme con el lugar. En la casa donde me hospedaron me dijeron que las minas estaban muy cerca del área y que tuviera mucho cuidado ya que aparentemente se escondían con la vegetación. Me hizo gracia la advertencia, ¡una mina escondida entre los árboles, y plantas! Ya había conocido las minas en el pasado, unas cuevas al borde de un cerro, con una entrada y un túnel reforzado con madera tipo durmiente de las vías de ferrocarril. Sabía que no tendría ningún problema para localizarlas.

Después de andar explorando un buen rato encontré un hoyo descubierto, es decir sin tapa. Un pozo de agua pensé. Al acercarme me asombre al ver una escalera de pedazos de madera y cuerdas que descendía hasta perderse de vista en la oscuridad de lo profundo.

Regrese a la casucha que servía de refugio y donde ya había movimiento. La señora que estaba en una estufa de leña y donde hacia algo para comer, así como una olla humeante con café. Me ofreció que buscara un lugar para que me comiera lo de un plato que me tendió, con un par de tortillas hechas de harina. De tomar tenían café y café, así que yo tome agua que había en un tanque, donde uno la sacaba con un pocillo despostillado color azul y blanco.

La mujer y un par de señores que ahí estaban me hicieron las preguntas normales para conocerme y cuando me preguntaron si había encontrado alguna de las minas, admití que no, que las había buscado pero que solamente encontré un pozo de agua abandonado.

Vi que mis curiosos preguntones se reían y se miraban con cierta burla hacia mí. Resulta que no era pozo de agua, era en realidad una de las minas de plata.

No salía de mi asombro, no veía como podían sacar los minerales de un hoyo, así, vertical y profundo. Yo hubiera pensado que se necesitaría de carritos y rieles de vía para poderlo acumular en donde, pensé que lo encostalarían para poderlo mandar a Hermosillo.

Aunque mi trabajo consistía en ayudar a los hombres que ahí trabajaban, con pico, barra, pala y no sé que más herramientas. No sabía cómo hacerlo. Para empezar yo no me anime a bajar por aquella escalera que, según veía yo desde arriba, se veía de seguridad raquítica. Recibí la orden de sacar el mineral de ese pozo-mina jalando una cuerda con carga muy pesada. Era un balde de latón o metal con un montón de tierra y piedras negras. Otro de los quehaceres que tenía era buscar agua y bajarla con una cuerda a los dos hombres que estaban allá en el fondo escarbando.

El sol se metió demasiado temprano en la tarde, porque el lugar donde nos encontrábamos estaba en una barranca y la luz del día era muy corta.

Dos días pase aprendiendo las ocupaciones de los mineros. Al llegar la tarde noche comía un plato de frijoles y tortillas, dormí en un camastro hecho de madera y lonas.

En la tercera noche que estaba yo dormitando, llego la señora y me pregunto que si yo era Rafael Gonzalez. No estaba preparado para esa pregunta. Nadie, nadie sabía mi nombre secreto, sentí un escalofrío de miedo que me recorrió mi espalda.

“Ahí te buscan” me dijo la señora. Mis temores de ser capturado y castigado me inundaban. Entre la oscuridad y ayudado por los faroles de una camioneta que había llegado, reconocí a ni tío Manolo Bartrina. Me eche a correr sin rumbo, asustado y temeroso… “¡No me castigues, no me pegues!” gritaba yo. Mi tío se acercó y me dio un abrazo, me miro con esos ojos y ceño de enojo al mismo tiempo en que me decía “No, no hay castigo, estoy seguro de que aprendiste tu lección” Yo pensando, “¿Cuál lección?”, sin embargo, dije que sí y pedí que me perdonara. En ese momento sabía que mi aventura había llegado a su final.

Mi tío, al recibir mi carta, que tardó cerca de tres semanas en llegar de Nuri a Guadalajara, buscó viaje de vuelo a cualquier ciudad cercana. No encontró ningún vuelo así que rentó una avioneta con piloto (El tío, Juan Manuel Bartrina era Piloto Aviador) y volaron a Ciudad Obregón, ahí contrato a una persona recomendada por el piloto como alguien que conocía la sierra. Llegaron a Nuri y no tardaron en localizar la casa de los familiares del minero, quienes le dieron señales de donde me encontraba “trabajando”.

De regreso a Ciudad Obregón, tuvimos que seguir el viaje por tierra a Hermosillo donde logramos coincidir con un vuelo a Tijuana, siguiendo en taxi a Ensenada, donde llegamos ya de noche.

El taxi nos llevó hasta la casa de mi mama donde ella misma me recibió con un abrazo, que incluso mi tío le dijo que con cuidado, porque podría sofocarme. Eran las 10 de la noche del día 10 de mayo de 1957. Habían pasado 30 días y precisamente era el día de las madres. El final de mi aventura de recuerdo.

https://ensenada.net/noticias/nota_CU.php?id=65037:

Rafael González Bartrina. Rafael González y Bartrina. Miembro del Seminario de Historia de Baja California y del Consejo de Administración del Museo de Historia de Ensenada A. C. rafaelgonzalezbartrina@gmail.com
 
 

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